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oía, hallándose bien distante, el oficio divino que se rezaba en el coro y veía el Sanctísimo Sacramento, teniendo una pared gruesa de por medio, la cual, al tiempo que alzaban en la misa, apareció romperse de modo que vido la sagrada Hostia y Cáliz y tornose a juntar aunque, para evidencia del milagro, quedó señal de una piedra no bien encajada por muchos años
Juana de la Cruz
Otra vez, en uno destos trances de espíritu, fue llevada al Purgatorio, y conoció entre aquellas almas que purgaban una religiosa de San Pablo, con quien ella había tratado, y padecía una pena extraña, que tenía una serpiente de fuego ceñida por la cintura, y preguntándole esta sierva de Dios por qué padecía esto, respondió que por la vanidad y curiosidad que había tenido en ceñirse pulidamente, por parecer de linda cintura; y si es ansí como lo es, que allá se menudea esto tanto, muchas culebras nos aguardan para roernos las almas .
Inés de Cebreros
Mostrábale también Dios, como antiguamente a muchos de los padres de aquellos yermos antiguos, las astucias de los demonios, y cómo turban el sosiego espiritual de las siervas de Dios, y ansí los vio muchas veces, con ojos corporales, andar discurriendo entre las religiosas del convento, persuadiéndolas y incitándolas a que se ocupasen en niñerías y cosas de poca importancia, reír y decir palabras ociosas, vanas, tener rencillas y pesadumbres.
Inés de Cebreros
Aun hasta unas niñas que se criaban allí, en el monasterio, vio que el demonio les hacía que se persignasen mal y deprisa, porque desde aquella tierna edad cobrasen costumbre de no hacer aquello con consideración.
Inés de Cebreros
Refieren también por cosa muy cierta que, estando un viernes de Cuaresma las religiosas haciendo la disciplina conventual en el coro, vio esta sierva de Dios salir un resplandor clarísimo de la custodia del Santo Sacramento, que cubría a todas las monjas como un pabellón celestial en tanto que duró aquel ejercicio de penitencia
Inés de Cebreros
Viéndose la afligida señora sin culpa tan maltratada, encomendose de todo corazón a la Gloriosa Virgen Nuestra Señora, a la cual hizo voto de virginidad, ofreciéndosele de todo corazón y con tantas lágrimas que mereció ser visitada desta Gloriosísima Virgen.
Beatriz de Silva
La cual se le apareció vestida del hábito de la Concepción como le traen las monjas deste orden, que es: saya y escapulario blanco, y manto azul; y diole mucho esfuerzo y consuelo.
Beatriz de Silva
Viniendo por el camino con alguna compañía, a la pasada de un monte oyose llamar en lengua portuguesa y, volviendo la cabeza, vido venir dos frailes con hábito de Sant Francisco. Y, creyendo que la Reina los enviaba para que la confesasen y fuese luego muerta, tuvo grande temor y, con mucha aflición, encomendose a Nuestra Señora, a quien tenía por su abogada y valedora. Mas, llegando los dos religiosos, hablaronle palabras de mucha consolación y, quitándole el temor, dijeronle que estuviese cierta y segura que, con el favor de la Virgen Sacratísima, sería ella madre de muchas hijas, muy benditas y nombradas en el mundo. Y como ella respondiese que tenía ofrecido y hecho voto a Nuestro Señor de castidad virginal, ellos dijeron que sería así como decía. Y caminando todos llegaron a una posada, adonde, queriendo ella sentarse a comer, llamando a los frailes para que comiesen y buscándolos, no fueron vistos, por donde claramente entendió haber sido revelación divina con que Nuestro Señor quiso confirmar su sancto deseo y manifestarle lo que estaba por venir de multiplicación de sanctas hijas que, a su Majestad, había de engendrar en el Orden de la Concepción de Nuestra Señora
Beatriz de Silva
siendo esta acción tan del gusto del Señor que una noche la vio desde el coro la sierva de Dios N. S. apagada. No sé si por disposición divina para obrar el prodigio, pues estando ella con notable aflicción, oyó en la mesma lámpara un ruido, aplicó la vista y vio que la estaba atizando y encendiendo un hombre, a su parecer, si bien entendió después ser ángel, por haberse desaparecido repentinamente.
Francisca de Valdivia
Después de su muerte, haciéndola el novenario, fue vista intelectualmente de una religiosa con una diadema de oro en la cabeza, y le dijo que así le había pagado Dios N. S. por haberle asistido a su cuerpo sacramentado, y que un gran resplandor que traía en las manos era en premio de haberlas humillado
Francisca de Valdivia

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