María de San Juan

Información

  • Nacimiento: 1491
  • Fallecimiento: 1565
  • Orden: Franciscanas
  • Convento: Monasterio de la Concepción (Almería)

Fuentes

Salazar 1612

Autor: Pedro de Salazar

Año: 1612

Título: Crónica y historia de la fundación y progreso de la provincia de Castilla de la Orden del bienaventurado Padre San Francisco

Torres 1683

Autor: Alonso de Torres

Año: 1683

Título: Chrónica de la Santa Provincia de Granada, de la regular observancia de N. Seráfico Padre San Francisco

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estando las dos en el monasterio de Torrijos, le dio a Sor María una tan grave enfermedad, de que murió, al parecer del médico, religiosas y la duquesa, que la asistía dentro de la clausura. Pasaron algunas horas en este rapto y, a la una del día, volvió, como quien despierta de un sueño muy profundo. Admiráronse los circunstantes y más al verle en la mano un pedazo de vela, sin haberle nadie puesto. Mandole, por santa obediencia, la abadesa dijese donde había estado y ella respondió que en un lugar que le pareció ser el Cielo, y había visto y asistido en la procesión de la Candelaria, que era aquel día, y que San Juan Evangelista, su devoto, le había dado una vela y que, al tiempo de quitársela, le dejó aquel pedazo, el cual se llevó por reliquia la Duquesa.
María de San Juan
Su obediencia fue tan rara que, no bastando en sus raptos para volverla puntas de acero y otras cosas con que la molestaban, al mandarle la abadesa que volviese volvía al punto aunque estuviera más elevada.
María de San Juan
Tanta virtud irritó al demonio de forma que, visiblemente, la persiguió con sus tropas infernales y así en una ocasión la arrojaron por la ventana de una celda sobre un naranjo y, jugando con ella a la pelota, la maltrataron, y dijo más el testigo que juró lo referido en la información, que se llamaba María de la Concepción y se crió con ella en la celda, que vio en las rodillas y otras partes del cuerpo de la santa madre las manos de los demonios señaladas, estando en aquellas señales la carne como quemada. Otra vez la arrojaron una escalera abajo y, viendo la caída de más de diez tapias y dando sobre unas ásperas y desiguales piedras, no se hizo daño alguno, teniéndolo por milagro.
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Mandole, por santa obediencia, la abadesa dijese donde había estado y ella respondió que en un lugar que le pareció ser el Cielo, y había visto y asistido en la procesión de la Candelaria, que era aquel día, y que San Juan Evangelista, su devoto, le había dado una vela y que, al tiempo de quitársela, le dejó aquel pedazo, el cual se llevó por reliquia la Duquesa
María de San Juan
Su recato fue tanto en ocultar las criaturas las mercedes que Dios la hacía que, con tener en el monasterio una hermana y sobrina profesas, nunca alcanzaron cosa alguna y, con ser tan ordinario el comunicarse en el espíritu y aun el verse y hablarse con Sor Juana de la Cruz, nadie lo supo hasta que fue preciso ponerlo en el libro de su vida, como veremos.
María de San Juan
Otro eclesiástico, conocido de la sierva de Dios, se le apareció después de difunto, diciéndole estaba en penas por los defectos del oficio divino y que su alivio sería, si hubiese, una persona devota que le ayudase todo un año a rezar el divino oficio. Prometiole ella hacerlo y todos los días venía el muerto a recitar con ella y, al cabo del año, le dio las gracias y nunca más volvió
María de San Juan
Tanta virtud irritó al demonio de forma que, visiblemente, la persiguió con sus tropas infernales y así en una ocasión la arrojaron por la ventana de una celda sobre un naranjo y, jugando con ella a la pelota, la maltrataron, y dijo más el testigo que juró lo referido en la información, que se llamaba María de la Concepción y se crió con ella en la celda, que vio en las rodillas y otras partes del cuerpo de la santa madre las manos de los demonios señaladas, estando en aquellas señales la carne como quemada. Otra vez la arrojaron una escalera abajo y, viendo la caída de más de diez tapias y dando sobre unas ásperas y desiguales piedras, no se hizo daño alguno, teniéndolo por milagro.
María de San Juan
Dios testificó de la gloria de la B. Juana, y fue que, cuatro días después de la muerte, le apareció cercada de algunos santos y de ángeles y, admirada, preguntó al de su guarda ¿cómo la madre Sor Juana de la Cruz la aparecía tan mejorada y en tan diferente figura que otras veces, colocada en altos grados de gloria? Respondiole el ángel que estaba ya desatada de las ataduras del cuerpo y, bajando aquella bendita alma, se abrazaron las dos y le dijo esta sierva del Señor: ¿Cómo, hermana, esto sin mí? Sí, hermana (respondió), que se cumplió la voluntad del poderoso Dios y a cuatro días que salí de la vida mortal, donde tuve mi purgatorio, y dos días antes que espiase comenzó mi alma a sentir el gozo de la bienaventuranza, aunque a los ojos de las gentes, parecía que estaba con los dolores del tránsito de la muerte. Y cuando se tuvo noticia de esta revelación, se entendió mejor la causa de la dicha mudanza en la sierva de Dios tantas horas antes de su tránsito
María de San Juan
Llegose el día de premiar Dios tantos trabajos y revelole su Divina Majestad la hora de su muerte, según parece por lo que le sucedió a su sobrina, la cual estaba sentada en una ventana que sale al claustro y vio un brazo de una pequeña cruz entre el bastidor y la pared, sacola con alguna violencia y, cuando la vio la tía, se la pidió encarecidamente, mostrando en su rostro gran turbación, y luego que la hubo en su poder, se entró en la celda y escribió en un pergamino estas palabras: “Señoras mías, suplico a vuestras mercedes así consigan misericordia a la hora de su muerte, que cuando mi alma salga de este miserable cuerpo me pongan esta santa cruz en la garganta”.
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Mandole, por santa obediencia, la abadesa dijese donde había estado y ella respondió que en un lugar que le pareció ser el Cielo, y había visto y asistido en la procesión de la Candelaria, que era aquel día, y que San Juan Evangelista, su devoto, le había dado una vela y que, al tiempo de quitársela, le dejó aquel pedazo, el cual se llevó por reliquia la Duquesa.
María de San Juan
Uno fue que la litera en que iban las dos se encalló entre dos peñas, tan sin remedio que era imposible el sacarla. Vio la Duquesa que no era fácil el salir de ella sin perder la vida por un despeñadero grande en que estaba y la dijo afligida: “Hija, perdidas somos”, mas la sierva de Dios la consoló, dándole fijas esperanzas y, puesta de rodillas delante de una imagen que consigo traía, que hoy se guarda con veneración en el monasterio, la hizo una oración muy devota, y al instante las dos peñas o retirándose a un lado o convirtiendo su dureza en blanda cera, le dieron a la litera paso franco, con admiración de todos y rendida acción de gracias al Señor, por haberles librado de tan manifiesto peligro por las oraciones de su sierva.
María de San Juan
Llegose el día de premiar Dios tantos trabajos y revelole su Divina Majestad la hora de su muerte, según parece por lo que le sucedió a su sobrina, la cual estaba sentada en una ventana que sale al claustro y vio un brazo de una pequeña cruz entre el bastidor y la pared, sacola con alguna violencia y, cuando la vio la tía, se la pidió encarecidamente, mostrando en su rostro gran turbación, y luego que la hubo en su poder, se entró en la celda y escribió en un pergamino estas palabras: “Señoras mías, suplico a vuestras mercedes así consigan misericordia a la hora de su muerte, que cuando mi alma salga de este miserable cuerpo me pongan esta santa cruz en la garganta”.
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