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Y esta conversación divina se parecía en su rostro, en el cual resplandecía maravillosa y angélica alegría.
María de Toledo
Un año padeció terribles dolores que parecía, en todos los momentos, serle sacados sus huesos y las entrañas sin nunca ser vista en ella señal de impaciencia o turbación, mas llena de muy suave alegría en su espíritu alababa a Nuestro Señor.
María de Toledo
El afecto al trato con Dios, para que andaba siempre como falta de tiempo, hurtándole de todas las ocasiones que el gusto la ponía delante. Todos eran ensayos breves de su larga vida: toda centellas, si pequeñas, misteriosas del incendio, que el amor divino iba fraguando en el corazón deste cherubín para abrasar en él la tibieza del mundo.
María de Toledo
Pero ella aborrecía el nombre de esposa, como otras le apetecen, contenta con serlo del que solamente lo es de las almas puras, sabiendo que la hermosura principal de las mujeres es la castidad del cuerpo
María de Toledo
Mas ella, alegrísima de que se le cumpliesen sus propósitos con las ocasiones de sufrimiento, daba gracias a Dios, por quien deseaba padecer mucho más. Presentábansele las afrentas que por ella había sufrido Christo y hallábase en las mayores suyas con aliento para otras más amargas por su amor; suplicaba a Dios que llevase adelante la ocasión de sus ignominias, pero que diese verdadero conocimiento de sí a su madre y deudos. Deseaba igualmente la mortificación propria y el provecho ajeno.
María de Toledo
Procurando cuanto era de su parte morir como había vivido, pobre, conforme al nombre de que siempre se preció, y a que antepuso el ilustrísimo de su casa, gustando más de ser pobre que Toledo, y alegrándose más de oírse llamar Doña María la Pobre que de los blasones que el nombre de Toledo por tantos títulos ilustre la podía ofrecer.
María de Toledo
Pero su fervoroso espíritu facilitaba los mayores peligros y el camino que al juicio de otros estaba cerrado en las más invencibles dificultades, a su celo, teniéndolas por fáciles de vencer con la ayuda del que con el celo daba el ánimo, estaba patentísimo. Y su corazón, como capaz de solo el Cielo, intentaba aun cosas mayores que la Tierra.
María de Toledo
Consideraba a su Amor crucificado, y estimulábala el amor de morir por su crucificado. Era la pasión de Cristo su último refugio, su singular remedio.
María de Toledo
Hacía con amoroso dolor alarde de los muchos que su Amado había padecido por ella y deseaba, ya que no podía igualarlos, imitarlos. Y como la naturaleza previene el sentimiento que sin saber cómo experimenta el corazón cuando ven los ojos los lugares, adonde se hallan rastros de los que admiramos, o donde vivieron o estuvieron de asiento, creía ella que aquellos en que se obró nuestra redempción la moverían a sentir lo que es posible a un mortal de lo que sintió el eterno.
María de Toledo
Encruelecíase cada día más la enfermedad y aumentábase cada día más el fervor de quien la padecía y pedía a Dios más mientras más la daba que padecer. Sus devotas hijas, lastimadas de tanto mal, daban muestras, como era razón, del dolor que tenían de los suyos. Ella, agradecida de su amor, las reprehendía su flaqueza
María de Toledo

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