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Y en este estado de más perfección levantada, como en más altos desposorios divinos, en los cuales, dejando el mundo, el alma se aparta a la soledad en secretos y angélicos ejercicios de su Amado, y con su corazón oye y conversa a su Esposo Jesucristo, así creció en perfección y sanctidad de vida que a todos puso admiración. Y fue entendido de muchos que Nuestro Señor concedió a su bienaventurada sierva que representase al mundo la vida admirable de Sancta Clara, cuya regla y estado había profesado.
María de Toledo
Y esta conversación divina se parecía en su rostro, en el cual resplandecía maravillosa y angélica alegría.
María de Toledo
Sentía el Demonio tanta bonanza, y procuró inquietarla aprovechándose de los mismos deudos desta señora para su turbación.
María de Toledo
Pero su madre, impaciente de la absencia de su hija por el amor que entrañablemente la tenía, acudió al árbitro de la muerte y de la vida, Christo, a quien por intercesión de su clementísima Madre suplicó la volviese la hija que lo era más suya que della misma. Volvíase a la imagen que hoy se venera en la Iglesia destas señoras, decíala: “Perdonad, Señora, al atrevimiento de mis manos por el sentimiento de mi corazón. Madre sois del mejor Hijo, hija era vuestra la que yo parí; o quitáreos el vuestro, o dadme la que, aunque mía, quiero para Vos. Vos no podéis vivir sin el vuestro, yo sin la mía, ¿para qué tengo que vivir? Quitoosle, mientras me la dais”.
María de Toledo
Y la dijo que Su Majestad se había dignado de hacerla por entonces capaz de conocer la caridad immensa que cuando padeció tan rigurosos azotes tuvo.
María de Toledo
Otra vez, día de la Transfiguración de Nuestro Señor, la vio otra monja con el rostro tan resplandeciente como el mismo sol. Y preguntándola el día siguiente muy apretadamente la manifestase el misterio de luz tan desigual a las humanas, respondió con gran sencillez que se había servido Dios de descubrirla los misterios que en su gloriosa transfiguración había obrado, como si en compañía de los apóstoles se hubiera hallado en el monte Tabor. Otras muchas veces vían semejantes luces en su rostro o en el lugar donde oraba
María de Toledo
Respondía siempre a los psalmos de la penitencia, que las llorosas hijas la rezaban en competencia de los que de júbilos de gloria entonaban los ángeles admirados de tanta pureza en cuerpo sujeto a corrupción.
María de Toledo
Más de treinta monjas y algunos de los frailes que prevenían su entierro oyeron tres veces, cuando dio su alma a Dios y cuando llevaban su cuerpo a la bóveda común del convento y cuando en la misa alzaron el cuerpo de Nuestro Señor, una extraordinaria suavidad de voces que fácilmente se juzgaba ser del Cielo, por ser imposible que fuesen de mortales. Llevaban los religiosos de la orden aquel thesoro de la immortalidad, aquel órgano del Espíritu Santo, aquella habitación de la sanctísima alma que gozaba de Dios, rezando lo que la Iglesia dispone para tal oficio, Sub venite sancti Dei etc., porque el mucho llanto no les consentía cantar, y las religiosas que iban detrás creían que aquella celestial armonía era de los religiosos que iban delante, y ellos que de ellas. Pero, confiriendo lo que imaginaban admirados de sí mismos por la dulzura de las voces, echaron de ver que eran del Cielo, y confirmaron las que después oyeron de nuevo cuando la metieron en la cueva.
María de Toledo
Acudió la afligida madre sin esperanza alguna de remedio a recoger los miembros ya en su opinión deshechos de su desgraciada y querida hija, y hallola sin alteración alguna de color diciendo: “Madre, madre e muy buena estoy, no tenga Vuestra merced pena que la sancta de Sancta Isabel me recibió cuando iba a caer en sus brazos: que yo la conocí muy bien en el hábito”. Dio la buena señora loores infinitos a aquel Señor que tan admirable es en sus siervos.
María de Toledo
Experimentó esto con gran admiración una vez que, estando suplicando a la Virgen Nuestra Señora se sirviese de reducir a efecto cierta obra de mucho servicio de Dios, y de grande importancia, dijo en voz alta María la Pobre: “Sedme aquí intercessora y ayudadme con la Virgen”. Al punto salió una fragrancia tan particular de una reliquia que traía consigo de la sancta que la era imposible sufrirla: y dijo entre sí, “Si tiene buen efecto este negocio, veré si es aprehensión o antojo mío este olor”. Otro día se hizo lo que había pedido aun mejor de lo que ella deseaba, y halló verdadero el consentimiento que a su petición hizo la beata abadesa.
María de Toledo

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